viernes, 22 de febrero del 2019
 
Por Francisco J. Ávila Camberos
Columna: Consultas habemus
Consultas habemus
2018-11-17 | 09:23:30

No hay duda alguna de que la consulta popular resulta ser una herramienta adecuada para que los gobernantes tomen decisiones relevantes.


Sin embargo, para que esta sea válida deben de cumplirse con algunos requisitos mínimos como son:  estar apegada a la Ley vigente, ser imparcial, usar tinta indeleble y boletas foliadas, ser organizada por las autoridades competentes, ubicar las casillas en lugares verdaderamente representativos, contar con un determinado número de votantes y sobre todo, que quienes emitan su voto tengan información suficiente e imparcial acerca del tema que  se sujeta a consulta.


No hacerlo así pervierte dicho ejercicio por ser parcial y segado y por lo tanto lo invalida.


Eso es exactamente lo que pasó con la consulta sobre el aeropuerto. La organizó un partido político, las boletas no fueron foliadas, no se usó tinta indeleble, no colocaron una sola casilla en los aeropuertos, ninguna autoridad supervisó el proceso, los organizadores se llevaban a sus casas las urnas donde pudieron  manipular los votos, etcétera.


En una decisión tan relevante donde había en juego aspectos técnicos y económicos que solo los expertos podían resolver, se le consultó al pueblo-pueblo, aprovechando su desconocimiento y pretendiendo con ello darle validez a un ejercicio patito.


De esta manera se pretendió hacer pasar como democrática una decisión ya tomada con anterioridad por quienes encabezarán el nuevo gobierno, que tira al drenaje decenas de miles de millones de pesos ya invertidos.


Si los contratos de construcción del nuevo aeropuerto estaban plagados de corrupción, como tantos lo han afirmado,  hubiera bastado sanearlos, sancionando severamente a quienes incurrieron en algún delito y obligándolos a devolver lo cobrado indebidamente. Pero cancelar de golpe y porrazo una obra ya iniciada con un avance del 30%, para hacerla en otro lugar partiendo de cero, constituye un verdadero dislate.


La decisión tomada, sin considerar lo que costará la reubicación de la base militar y las  vías de acceso al nuevo aeropuerto, mas las pérdidas de casi 120,000 millones que ya están invertidos en Texcoco, constituyen un desperdicio que un país pobre como el nuestro no puede darse el lujo de tener.


Esta consulta me recuerda otra, acaecida hace casi dos mil años, donde la autoridad le consultó al pueblo acerca de quien debería ser liberado y quien castigado. El resultado fue fatal. Liberaron al delincuente y crucificaron al justo, al inocente. El gobernante se lavó las manos y obviamente le echó la culpa al pueblo.


Esta situación parece repetirse ahora con la consulta que pretenden hacer próximamente sobre la construcción o no del llamado Tren Maya.


Existe el riesgo de que el pueblo-pueblo convenientemente manipulado vote por el sí, sin siquiera analizar si el proyecto es viable económicamente y sin saber que si fracasa dicho proyecto, el mismo pueblo será el que tenga que pagar de su bolsillo lo que cueste la ocurrencia.


Este caso se parece al de un niño pequeño que va a una juguetería y quiere un trenecito. Podrá escoger el más caro, porque no tiene ni siquiera conocimiento del valor del dinero y además, él no lo pagará.


En cambio, si a esa misma juguetería va un adulto responsable que se gana el dinero con el sudor de su frente y sabe que en su casa hay necesidades prioritarias que satisfacer, posiblemente no compre el trenecito, aunque le guste, porque simplemente no podrá pagarlo, aunque se lo vendan en abonos.


Hasta donde se sabe, el tren maya no es rentable, aún en el caso de que mueva uno o dos millones de pasajeros al año. Lo que paguen estos pasajeros no alcanzará ni siquiera  para pagar los intereses del dinero que invertirán ahí, lo que hará que la deuda nacional siga creciendo como bola de nieve hasta que nos aplaste, porque estamos pagando actualmente casi 700 mil millones de pesos anuales solo de intereses y la deuda sigue subiendo porque una parte de ésta ha sido  contratada en dólares. Cada vez que se devalúa el peso mexicano, la deuda aumenta aunque ya no pidamos más dinero prestado.


Como al parecer la próxima consulta es inminente, solo recordemos que todo lo que el gobierno mal invierta, dilapide o regale, tendrá que salir del bolsillo de nosotros los ciudadanos, porque los políticos gastan, pero no ponen un solo peso de su bolsa.


Como para preocuparse.


¿No les parece a Ustedes?


Muchas gracias y feliz fin de semana.

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