jueves, 19 de septiembre del 2019
 
Por Francisco J. Ávila Camberos
Columna: La otra cara del movimiento
La otra cara del movimiento
2018-10-06 | 10:11:26

Acaban de cumplirse 50 años de la matanza de Tlaltelolco. Es necesario conocer el panorama completo de lo que sucedió en esa época.


Durante 1968 hubo agitación en varias partes del mundo, para lograr cambios sociales por medios violentos.


México no fue la excepción. Era parte de la guerra fría que entonces se libraba.


Nuestra cercanía con Estados Unidos y la celebración de los Juegos Olímpicos nos ponían en el ojo del huracán.


Los modelos de cambio violento basados en la utilización y manipulación de obreros y campesinos habían pasado de moda. Los líderes de movimientos radicales voltearon sus ojos hacia los estudiantes, quienes por su juventud, idealismo, desconocimiento de la realidad e incluso  ingenuidad, fueron manipulados por agitadores profesionales para meterlos en un callejón sin salida y llevarlos a un enfrentamiento directo con el Estado Mexicano.


Cuando en un movimiento hay muertos, ya tienen sus impulsores una bandera más para recodar cada año esa tragedia y abonar puntos a su causa.


Por eso se ha estado tejiendo desde entonces una leyenda romántica, donde se dice que los jóvenes buscaban cambios sociales para que tuviéramos mayor libertad y progreso. La realidad es que a los 18 o 20 años la mayoría de ellos no sabían ni lo que querían por su inmadurez y porque en esa época la comunicación no era tan ágil como ahora y el país se desarrollaba en calma y sin mayores problemas.


Crecía en el 68 nuestra economía a un ritmo del 7.3% anual, es decir, a más del triple del PIB actual. En 1964, el primer año de Díaz Ordaz, el PIB creció 10.6%, cinco veces más que ahora. No ha vuelto a hacerlo a esa tasa.


Casi no había desempleo.  El país avanzaba. No había violencia y vivíamos en paz. Llevábamos 14 años sin devaluaciones. No existían los gasolinazos. La inflación era mínima. El precio de la gasolina era de 85 centavos el litro y el transporte urbano costaba solamente 30 centavos. El IVA no existía. El salario mínimo era de $24.15 por día. Con un salario mínimo se compraban 30 litros de gasolina o 20 litros de leche o 3 kilos de carne. La clase media emergía y empezaba a tener acceso a satisfactores que antes solo disfrutaba la clase acomodada.


Las expectativas de vida aumentaban año con año. Se construían hospitales y carreteras. Si bien no faltaban los problemas, estos se iban resolviendo poco a poco y en paz.


Agitadores profesionales azuzaron a los estudiantes, tomando como pretexto una protesta contra la policía porque empleó la fuerza para detener una riña callejera entre alumnos de dos escuelas del DF.


Esta fue la mecha que encendió el conflicto artificialmente alimentado por intereses ajenos y mentes perversas. A partir de ahí se sucedieron perfectamente orquestadas las huelgas, las manifestaciones, la quema de autobuses, el saqueo de comercios y los plantones.


La verdadera intención de los dirigentes no era tanto resolver los problemas del país, sino que se cancelaran los Juegos Olímpicos, donde México era el anfitrión. Con imágenes del Che Guevara y de Ho Chi Min, se coreaban consignas en las marchas como: No queremos olimpiadas, queremos revolución.


De haber logrado su objetivo, la imagen de México hubiera quedado por los suelos y las inversiones hechas por el país para hacer unas olimpiadas dignas, se hubiesen perdido. Hubiéramos entrado en un tremendo caos.


Resulta obvio que en dicho movimiento hubo inmiscuidos agentes extranjeros. En esa época yo estudiaba en la Facultad de Ingeniería y recuerdo muy bien que llegaron a  invitarnos a participar en el movimiento jóvenes que hablaban nuestro idioma, pero con acento  extranjero. Afortunadamente no les hicimos caso.


El 2 de Octubre hubo una concentración de estudiantes en la Plaza de las tres culturas en Tlaltelolco. Al terminar el mitin se desató una balacera. Nadie sabe a ciencia cierta quien la inició. Si fue el gobierno, los agitadores o agentes infiltrados que deseaban que el conflicto se agravara. Hay quienes hablan de 78 muertos y otros hasta de 300.


La pérdida de vidas humanas resulta siempre lamentable y nadie la desea. Sin embargo, para poner las cosas en relieve, hay que aclarar que el número de fallecidos resultó menor que los que andan deambulando en Jalisco en trailers refrigerados o los contabilizados en unos cuantos días con la violencia que padecemos en el país.


La realidad es que los estudiantes fueron manipulados y utilizados como carne de cañón. En cambio, algunos líderes escaparon y otros fueron detenidos, para ser liberados tiempo después. Hasta donde yo sé, ninguno de los líderes murió o fue herido. Coincidencia o plan fríamente calculado por sus autores.


Con el paso del tiempo las cosas se calmaron. Muchos líderes del 68 entraron a trabajar en el gobierno, ocupando cargos relevantes y viviendo cómodamente del presupuesto.


Quienes salieron perdiendo fueron los  estudiantes porque resultaron engañados, manipulados, azuzados y al final sacrificados. También se relajó la disciplina en las escuelas y el nivel educativo de éstas decayó.


Es necesario que el 2 de octubre no se olvide, pero conociendo la historia completa, para no repetir los mismos errores del pasado y para buscar siempre resolver nuestros problemas en paz. Este  exhorto adquiere ahora mayor relevancia porque reaparece en la UNAM el fantasma de la violencia, de las marchas y de los plantones, causando con esto pérdidas y mayor rezago educativo a la nación.


¿No les parece a ustedes?


Muchas gracias y buen fin de semana.

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