domingo, 24 de junio del 2018
 
Por Catón
Columna: De política y cosas peores
Se comen el mandado
2018-02-21 | 08:10:07

Himenia Camafría y Solicia Sinpitier, maduras señoritas solteras, paseaban por el campo cuando acertaron a ver a un hombre desnudo que se disponía a entrar en las cristalinas aguas de un arroyuelo que regaba con sus claras linfas el ameno soto.


 


Aturrullado al darse cuenta de su presencia el encuerado tipo apenas alcanzó a taparse con el sombrero las pudendas partes. Himenia y Solicia advirtieron su confusión y echaron a reír. “No son ustedes unas damas -las reprendió el hombre, enojado-. Si lo fueran no harían mofa de mi apuro”. “Y usted no es un caballero -replicó la señorita Himenia-. Si lo fuera se quitaría el sombrero”...


 


Don Cornuto le dijo a Pitorrango en tono de admonición severa: “Compadre: quiero hacer de su conocimiento que tengo perfectamente contabilizado lo que se encuentra en la despensa de mi casa.


 


Hay ahí dos kilos de arroz; tres de frijoles; una lata de puré de tomate y otra de chiles jalapeños; una cebolla; cuatro papas grandes; un litro de aceite vegetal; un frasco de café instantáneo; medio kilo de azúcar blanco; seis refrescos y una caja de Corn Flakes”.


 


El tal Pitorrango se desconcertó. ¿Por qué me dice usted todo eso, compadre?” -preguntó intrigado. Respondió Cornuto: “Porque en el barrio se murmura que cuando salgo de mi casa para ir al trabajo usted entra a comerme el mandado”.


 


Pues bien: una vez más López Obrador les comió el mandado político a sus adversarios en la carrera por la Presidencia. Su discurso al rendir protesta como candidato fue mucho mejor que los de Anaya y Meade.


 


Recuerdo en este punto a un buen señor, gentil y amable: don Juan de Dios Legorreta. Fue uno de los primeros motivadores que hubo en México. Allá por los cincuentas estuvo en mi ciudad, Saltillo, y en el Casino dictó varias conferencias cuyo propósito era exhortar a sus oyentes a ser águilas y no gallinas.


 


A mí me ha parecido siempre que la utilidad práctica de la gallina es mucho mayor que la del águila, cuyas aportaciones son meramente heráldicas. Aun así escuché con atención las sugerencias de don Juan de Dios. Una de ellas fue la de aprender a aprovechar los errores que cometemos.


 


Puso el ejemplo de un niño a quien la maestra le pidió que hiciera un dibujo de su casa. Lo hizo el pequeño, pero al terminar la tarea una gota de tinta negra cayó sobre el papel. ¡Tanto trabajo para nada! No se arredró el chiquillo. En torno de la marca dejada por la tinta dibujó un perro, de modo que la mancha parecía ser parte de la piel del can.


 


Uno de los defectos que se atribuyen a AMLO es el de la terquedad. Él aprovechó tal señalamiento y convirtió el defecto en cualidad. Dijo que tercamente perseguirá la corrupción. En contraste los discursos de Anaya y Meade fueron tibios, y con muy poca miga para los titulares de la prensa.


 


Por otra parte el dueño de Morena parece revestido de una coraza férrea sobre la cual resbalan sin dañarlo sus más grandes errores. Eso lo ha llevado a incurrir en otro defecto aun mayor: el cinismo.


 


El hecho de dar candidatura -y fuero-  al ciudadano canadiense Napoleón Gómez Urrutia muestra una tremenda soberbia y un completo desdén por la opinión de los demás.


 


Con tal de allegarse votos para conseguir el poder el tabasqueño no duda en desafiar a un grupo importante de electores, sabiendo que sus partidarios le son incondicionales y que lo seguirán apoyando ciegamente -como los suyos a Trump- aunque asesine a alguien en la vía pública.


 


Confiado en la victoria López Obrador se siente superior a cualquiera. Una tras otra sus acciones evidencian ese sentimiento de grandeza, de poder absoluto, de omnímoda voluntad. Es indispensable que nos hagamos una pregunta de fondo: si así es el candidato ¿cómo sería el Presidente?... FIN.


 


 


 


 


 


 


 


mirador


 


armando fuentes aguirre


 


 


Este árbol de durazno nunca aprende la lección.


 


Ganas me dan de reprochárselo, pero es un niño, y los niños no aprenden sino lo que ya saben. Él sabe muy poco. Apenas ha vivido cuatro años. Así, cuando el invierno finge retirarse y se esconde tras la montaña que llaman de Las Ánimas, el duraznero piensa que ha llegado ya la primavera, y deja que sus flores nazcan, pequeños brotes de color de rosa, cada flor una niña como él.


 


Entonces el invierno sale de su guarida y acaba con el fruto que iba a ser y ahora no es. El árbol, ya sin flores, se entristece. Al paso de los meses mira con pena desde su rincón cómo florecen los ciruelos y los chabacanos, y cómo las higueras y nogales dan su fruto.


 


Yo quiero mucho al árbol de durazno, pues me parezco a él. Tampoco aprendo nunca mi lección. Me entrego siempre a la esperanza, y una y otra vez ella se va y me deja burlado y dolorido.


 


Seguiré floreciendo, sin embargo, igual que el duraznero. Dejar de florecer es lo mismo que dejar de amar. Y yo no puedo dejar de florecer.


 


¡Hasta mañana!...


 


 


manganitas


 


por afa


 


 


“...Se hunde más la Ciudad de México...”.


 


Eso no me ha sorprendido,


 


y creo que es natural.


 


Ya también, con tanto mal,


 


todo México está hundido.

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