jueves, 19 de julio del 2018
 
Por Alfonso Villalva P.
Columna: Unos libros
Unos libros
2017-09-22 | 09:45:13
Hay muy pocos libros en mi comunidad. Mi sitio, el lugar del mundo del que soy oriunda -cuyos aromas de tierra y vegetación me hacen siempre sentir orgullo y arraigo-, tiene, como muchos de los lugares de esta región, un nombre prácticamente impronunciable, de esos que, según he escuchado, utilizan con risa franca los niños de Monterrey, Guadalajara o Ciudad de México, como materia prima de sus trabalenguas escolares que prueban la destreza para pronunciar palabras tan largas y con tanta consonante.

Hay muy pocos libros aquí, y no me sorprende, pues, si a duras penas logramos mantener en pie esos dos cuartos de ocho metros cuadrados que cariñosamente llamamos escuela, pero que simbolizan el esfuerzo colectivo y la buena ventura ante el abandono del Estado, los embates de la naturaleza, y los muy escasos recursos que llegan a fluir desde la cabecera municipal. Hay pocos libros, decía, pero parece que por aquí, casi todos, podemos explicar de manera sencilla nuestra herencia Chichimeca, Tarasca, Otomí, Nahua y Matlazinca, fundida mucho después con la impuesta a sangre y fuego por la invasión extranjera y su pervivencia bajo la ignominiosa denominación de colonia española.

Hay pocos libros aquí, pero a pesar de su escasez, yo sigo acercándome a ellos a olerlos, leerlos una y mil veces más, como una proximidad de mi espíritu a mejores derroteros, como una manera de dotar de mayores herramientas para la vida y la felicidad a mis cinco hijos paridos aquí mismito, y al primer nieto que la juventud temprana de una hija ya me trajo a vivir conmigo.

No sé, si se llegase el caso de contar con más libros, las cosas fueran diferentes, pues con libros y sin ellos seguimos nosotros buscando y procurando hacernos con el favor de la tierra y de sus otros tres fundamentos que la acompañan para provocar nuestra existencia en armonía con la naturaleza y los demás seres que habitan nuestra geografía. Creo que seguiríamos soñando en el campo verde y en la posibilidad de transformarlo para obtener a cambio dinero suficiente para dejar a un lado los sobresaltos y ayudar a los nuestros a perseguir sus sueños, a tomar mejores decisiones, a engrandecer su lugar de origen.

Es probable que si hubiese más libros por aquí, acompañados de uno que otro maestro de vocación, y la solidaridad patente y presente de alguien que quisiera comprender nuestras formas gregarias, pues tendríamos mejores posibilidades de abatir la disentería como causa de muerte; de dialogar con quienes adoptan dogmas de variopintas religiones como legitimación a la intolerancia y el encono; de exigir el

respeto a nuestros derechos para decir lo que nos venga en gana, para contar con prestaciones sociales, para evitar el embarazo temprano, particularmente el que se gesta en las noches del alcoholismo nebuloso y desesperanzado de familiares y amigos de las niñitas que luego tienen que afrontar la desgracia de su provenir y su dignidad aniquilada.

Sí, es difícil vivir así, sin libros. Mucho más de lo que le habrán planteado a Usted a través de los medios de comunicación, las charlas de café y las discusiones interactivas en las redes sociales, ahora que el nombre de nuestro estado parece estar de moda. Particularmente difícil cuando hemos sido abandonados por todos los demás, por quienes se autonombraban nuestros compatriotas, nuestros salvadores, nuestros representantes que seguramente ya con el poder en la mano, no iban a permitir la continuidad de nuestra espiral de deterioro, el surgimiento de tantos grupos que, por intereses diversos, descaradamente nos explotan para beneficiar sus arcas que se llenan impulsando nuestra ignorancia e indefensión, para hacernos servir de peones de sus industrias, regularmente ilícitas.

Usted perdonará si es que mi imprudencia de hablarle es de alguna manera farragosa, o si mi atrevimiento para manifestarme aquí, ahora, no está a la altura de las circunstancias, como dicen esos señores tan perfumados que luego nos hacen el favor de venir por estas tierras cada tres años para explicarnos nuestra realidad, las causas de los problemas y las soluciones precisas que ellos, y solo ellos, pueden implementar a cambio de un garabato en una boleta electoral sobre los colores de su partido que, muy brillantes y alegóricos, les acompañan en pancartas, volantes y broches que con imperdible de plata llevan ceñidos a la solapa del saco de casimir inglés.

Es probable que usted me haya visto ya, como le decía, en la serie interminable de imágenes que se proyectan de Michoacán. Sí, yo soy la mujer de atrás, la de terno multicolor a quien obligan a estar en el mitin para evitar las consecuencias. Soy a quien dicen auto defender los señores que se pasan por encima la constitución con tal de lograr fama y poder, soy a quien dice el gobierno local que ayuda y engrandece desde hace décadas, soy la que votó por un presidente michoacano que nos olvidó lastimosamente en su propio juego de poder.

Soy una madre y una abuela michoacana, mexicana, que solamente pide a Usted que no…, que no se olvide de mis hijos y mis nietos porque, si no les damos esos libros que leer, si no les enseñamos a interpretarlos y utilizarlos para darle sentido a su vida, pues la van a tirar –su vida- al precipicio profundo y oscuro a cambio de la efímera felicidad en el sueño guajiro migratorio, o aquella que otorgan unos años de impunidad detrás de un fajo de dólares, una troca del año, una constancia de mayoría o una chapa de policía.

Twitter: @avillalva_

Facebook: Alfonso Villalva P.




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