lunes, 24 de septiembre del 2018
 
Por Uriel Flores Aguayo
Columna: La condición humana
La condición humana
2017-07-30 | 12:41:43
Mucho se ha dicho sobre la condición humana, de como la personalidad, las influencias más cercanas y las ambiciones propias determinan el comportamiento de los hombres y mujeres con poder y liderazgo. Seguramente se continuará escribiendo infinitamente.

Es muy común que las personas se transformen cuando ocupan un puesto de autoridad, desde espacios minios hasta cargos de Gobierno o representación. No se han podido delimitar suficientemente los ámbitos privado y público; reina el patrimonialismo en México.

El tipo de personas marca en lo esencial los espacios de autoridad, más allá de las leyes. El déficit democrático de nuestro país abre un margen gigantesco de discrecionalidad en el comportamiento político.

Ocurre que los procesos más oscuros pueden darse por inercia, con la participación de mucha gente pero desconectados entre sí. Es un sistema con vida propia, independientemente de sus actores u operadores.

Finalmente la condición humana se impone sobre leyes y reglas de civilización. La calidad e intereses de sus operadores guían al sistema, no a la inversa; son sistemas débiles e inciertos.

Una personalidad fuerte impacta el rumbo de un gobierno, lo amolda a su gusto y lo suele convertir en la etapa de un proyecto de largo plazo. Somos una sociedad dispersa, de pocas ideas y dependiente en exceso de figuras providenciales de diversos signos. Ahí están algunas de nuestras mayores fallas.

Sin duda el mundo funciona con líderes de todos los niveles, cuya personalidad suma o resta a las instituciones que representan; de mayores controles legales y tradiciones democráticas se esperan figuras normales, rindiendo cuentas y cumpliendo eficazmente con sus responsabilidades; al contrario, de márgenes amplios de discrecionalidad solo puede recogerse corrupción y desorden.

Los líderes sin contrapesos, absolutos, pueden cometer barbaridades y caer fácilmente en las tentaciones autoritarias y dinásticas. Cuando se dejan las decisiones en unas manos se pone en peligro todo, dejando al humor y carácter de una persona el destino de programas y presupuestos.

El interés de una persona o un grupo se puede envolver en sigla partidista y en discurso variado, desde el justiciero hasta el reaccionario. Es impresionante como puede ser tan influyente en los políticos la pareja, la familia o los amigos; revela atraso democrático que personas no electas o designadas participen de las medidas que tomen las autoridades.

Es gigante el reto de volver transparente, republicano, normal y útil el aparato público en sus círculos de decisiones. Al final, siempre estará latente el riesgo de que algo se decida por simple condición humana.

El sujeto que prendía los hornos de exterminio nazi pensaba que solo cumplía órdenes, Victoriano Huerta y Pinochet acataban órdenes de sus respectivas esposas, Vicente Fox santificó a la señora Sahagún, los soldados que dispararon en el 68 creían que los estudiantes eran guerrilleros, el que golpea o mata a su esposa piensa que le pertenece, los sacerdotes ven la vida a través de dogmas de siglos pasados, el político hace demagogia y roba por usos y costumbres, etc.










Recadito: Pesimismo de la inteligencia y optimismo de la voluntad...






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