jueves, 20 de septiembre del 2018
 
Por Daniel Badillo
Columna: Colibrí
Colibrí
2017-06-10 | 09:05:38
A Emilio Hernández Rodríguez, con sincero aprecio.

La lluvia echó por tierra nuestros planes. Prestos a ir a Campo Viejo, majestuoso lugar donde habita gente buena y trabajadora en mi maravilloso Coatepec, y donde pasamos casi todos los fines de semana, una a una las gotas de agua cambiaron la sonrisa de mis hijos en tristeza. Habíamos empacado las bicicletas y la pelota de fútbol, pero la lluvia nos hizo retornar a la casa de mi madre que está rumbo al panteón. Pasados los minutos, el tiempo mejoró y un sol resplandeciente se posó en la ciudad haciendo brillar sus calles, como si fueran de cristal. Una y otra vez insistieron en que debíamos regresar a Campo Viejo. Me costó trabajo convencerlos de que el pasto estaba húmedo y era imposible jugar, sin mojarse los zapatos. Otra vez la tristeza inundó su rostro. Acordamos ver una película. –Pero falta la botana, me dijo el más pequeño. Caminamos hasta el centro comercial que está frente al panteón para comprar palomitas y refrescos. La mirada triste y la frustración de no poder jugar continuaban en sus rostros. De pronto estaba allí, un colibrí. Mientras extraía el néctar de una flor, aleteaba y aleteaba hasta quedarse inmóvil. Tan absorto, que si hubiera querido lo habría tomado con mis manos.
La tristeza y las caras largas se transformaron en júbilo y sorpresa. El colibrí se movía de un lado a otro justo a la altura de Josué. Parecía no tener prisa en alejarse. La escena me recordó al azulejo que aparece en la película K-Pax protagonizada por Kevin Spacey. En la cinta le llaman el “azulejo de la felicidad”. Quienes han visto esta escena recordarán que el ave llega al patio de un centro psiquiátrico y todos gritan maravillados al verlo. Lo mismo nos sucedió. El colibrí hizo olvidar la frustración que originó la lluvia. Hizo que mis hijos sonrieran nuevamente fascinados por el arcoíris de sus alas. Hubo paz en esos segundos que se hicieron eternos. El diminuto ser nos trajo alegría sin proponérselo. En la breve danza del colibrí, viajé a mi niñez. A las veces en que atrapábamos aves con Roberto Báez de madrugada, cuando caminábamos en medio de la nada alumbrados sólo por la luna. Al olor a yerba y a potrero. Y al sonido armonioso de los ríos.
Seguimos nuestro trayecto, en silencio. Cada uno en su mundo. En sus recuerdos. El sol brillaba más. La ciudad lucía mucho más hermosa. El verde de los árboles que circundan el centro comercial se veía aun más verde. Fue como si el colibrí hubiera sido bálsamo para sanar heridas. Los tres, Mario, Josué y yo, nos miramos uno a otro. Inexplicable, en verdad, la presencia de aquel colibrí cuando más lo necesitábamos. Estos han sido días difíciles para todos. Con limitaciones económicas, con problemas como los hay en todos los hogares, pero ese colibrí nos devolvió la fe. Y aunque suene fuera de lugar también nos devolvió la paz y las ganas de seguir luchando para no desfallecer, en los momentos más difíciles. Dios bendiga al colibrí. Dios bendiga a Coatepec.
mariodanielbadillo@hotmail.com
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