sábado, 18 de agosto del 2018
 
Por Francisco E. Heredia Quintana
Columna: OPINIÓN
El indescifrable silencio de Federico
2017-01-19 | 22:40:32
En el umbral del Colegio amanecieron flores blancas acompañadas de un silencio hueco y doloroso, unos globos flotando en un vaivén solitario y melancólico, también unas veladoras que palpitaron de tristeza y lentamente se fueron consumiendo mientras destellaban tenuemente en la noche de vigilia tras la tragedia.
En parejas y calladas, familias o grupos de personas padres, niños, jóvenes, llegaban a la entrada del plantel a encender una vela, dejar un mensaje...
Así fue como acudieron a la puerta del Colegio Americano del Noreste a decir adiós, a mostrar su tristeza y desencanto. Esa noche muchos padres besaron la frente a sus hijos, tomaron fuertemente sus manos y suspiraron entre aliviados y abrumados.
Federico de 15 años fue como todos los días a la escuela, disparó a su maestra y a tres de sus compañeros, para después pegarse un tiro en la cabeza.
Horas después fue declarado con muerte cerebral y sus familiares decidieron desconectarlo y donar sus órganos.
¿Tratamiento por depresión? Sí, pero nada de qué alarmarse, dijeron,¿ bullying? No, sus propios compañeros explicaron que tenía buena relación con todos, no tenía problemas con nadie ni con su maestra.
“Hay que entender qué pasó, para poder prevenir este tipo de situaciones”, la revisión de mochilas es voluntaria, ya que hubo oposición de padres de familia y de derechos humanos, explicó Aldo Fasci Zuazua Vocero de Seguridad de Nuevo León en Nuevo León.
Detalló que en las escuelas públicas de la entidad la mayoría de los padres acepta que se revise las mochilas de sus hijos, cuyo proceso se realiza una vez por semana y cuando los mismos padres lo solicitan.
En tanto, en los colegios privados es donde hay más oposición, por lo que “no es un tema que podamos arreglar por ley, sino es un tema en que tenemos que ponerle más atención a los hijos”.
A nuestras manos llegaron las fotos y el video, hubo alguien que consideró pertinente y muy atinado difundir la cruda escena, mostrar la tragedia así tal cual “regalando” un asiento en primera fila para apreciar la sangre, en el afán de generar una oleda de “likes”, de ver compartir millones de veces el material, de recibir miles de comentarios o críticas. El video del interior del aula fue dispersado al igual que unas fotografías y la eficiente conectividad de las redes sociales “viralizó” el hecho.
Está necesidad de los cibernautas o de los llamados Millenials de exhibirlo todo, de extender la realidad a la virtualidad para darle validez, para otorgarle peso y sustancia en la rutina , para que el “muro” o el “Time Line” no se quede atrás y tenga espacio para la nota, el link, la foto, el video… todo.
Si, el Millenial y su necesidad ególatra de posicionarse como una artífice de la vanguardia de este siglo, requiere llevar dos existencias paralelas para ser feliz: la de las redes sociales y la que en realidad vive.
Ser Millenial puede ser bueno o malo o puede no significar nada en lo absoluto, solo es una manera de describir el uso- consumo y el estilo de vida vinculado a la era digital, pero en este caso, en el afán de unificarse en la globalidad a través de medios electrónicos, comparte por compartir, manda “likes”, íconos gestuales o gifs. para que su muro esté vital y actualizado, así fue como a miles de personas llegó el rostro de Federico y sus compañeros, la tragedia se volvió un ornamento en las redes sociales si bien muchos se consternados por el hecho aún así lo compartieron, un ícono triste, un click, un comentario y así se propagó.
La muerte...el horror, se volvió una mercancía digitalizada.
Se castigará a quien haya difundido esas fotos y el video, es un delito dijeron las autoridades, incluso Presidencia solicitó a los medios no difundir nada donde aparecieran los menores en aras de hacer valer los derechos humanos y de los niños.
¿Entonces ? ¿Qué lectura darle a este ataque? A esta tragedia que llenó de luto y de enigmas, qué interpretar del hecho en que un joven decidió ser asesino y suicida, ¿qué lo motivó?.
Que rodeaba a la vida de un niño de 15 años, qué veía en las redes sociales, qué música escuchaba , qué hacía para divertirse, tenía videojuegos, que películas le resultaban interesantes, era aficionado a la narco-cultura….¿por qué lo hizo?, tantas preguntas y sólo un amargo silencio es la respuesta.
Al día siguiente autoridades revelaron que el arma usada era de su padre, que ambos eran aficionados a la cacería y por eso el menor tenía conocimiento de armas.
También se mencionó que Federico sí les comunicó a unos compañeros que llevaría una pistola, “no les dijo que iba a disparar”. No le creyeron.
Acaso Federico veía el rostro violento de su país en las noticias o en las redes sociales, ¿sabía del momento de crispación y enojo social, de la violencia desatada por el aumento a los precios de combustibles?, ¿vio los videos de los saqueos en diversas partes del país?.
La realidad cotidiana de este país parece estar generando niños gélidos e indiferentes, con tendencias homicidas y suicidas, el pulso mediático, político y social con que el que inicia este año ha despertado o exacerbado en los cibernautas un morbo perverso e insensible y las autoridades son en este triste caso, el engrane obsoleto de toda esta maquinaria agria con el mismo discurso aburrido de lamentaciones y promesas.
El día miércoles a las 8:51 horas con 13 segundos Federico accionó la pistola, a las 8:51 horas con 49 segundos ya había concluido su ataque y en medio del salón de clases intentó dispararse en la cabeza, se quedó sin balas y ante el miedo y la mirada atónita de sus compañeros ocultos y temerosos bajo las mesas, cargó de nuevo el arma; determinante y sin aparente titubeo acabó con su vida en menos de un minuto.
¿Qué escondía ese corazón agitado? ese dedo firme en el gatillo, cuáles son los pensamientos que acompañan a esa adrenalina galopante mientras veía el terror en el rostro de sus compañeros.
No hay manera de saberlo, no hay método para descifrar con claridad el instante en que un menor decide convertirse en asesino, ocurre ¿desde que lo imagina en algún rato de ocio, o cuando ya tiene en su poder la calibre .22?, ¿o será cuando se pone de pie apuntando con firmeza a su primera víctima?, ¿en qué instante asume un niño de 15 años el acto consciente de arrebatar la vida a alguien?.
Quizá las últimas horas de Federico transcurrieron entre voces y espejismos, sumergido en sus planes o ideas no advirtió que amanecía o anochecía y que en su mochila ya llevaba el bosquejo de la muerte entre sus cuadernos y libros.
Quizá la idea de que era capaz o no de jalar el gatillo, le taladró en la cabeza durante mucho tiempo, al cenar, despertar, camino a la escuela...
Federico, lavó sus dientes, se peinó deambuló por su casa como un robot, quizá su mente estaba saturada de ideas caóticas y su corazón quebrado o absolutamente inmutable, no lo sabremos.
Este caso revela que todos somos una masa ansiosa de atención, con tendencias a incitar a la provocación y al morbo, o quizá quedó en evidencia la doble moral, una distorsionada faceta ciber-hipócrita en la que nos place dispersar contenidos rojos de otros países y cuando se trata de algo cercano nos ofendemos y escandalizamos.
¿Es un llamado de auxilio, una especie de alerta roja ?, que nos ha cimbrado, para que dejemos las tablets, la tv, las redes sociales, los teléfonos celulares y dirijamos la mirada para descifrar los silencios, las miradas y las sonrisas de nuestro hijos.
¿Es nuestro hijo un ser volátil y herido, con un mundo obscuro y decadente, con un dolor a cuestas y no somos capaces de verlo?.
¿Es Federico el rostro más extremo y real de la infancia- adolescencia de México?.

heqfe@hotmail.com

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OPINIÓN
Por Jorge Javier Romero Vadillo
El primitivo Estado mexicano
Javier Lozano es un político desfachatado. Suele decir lo que piensa con crudeza, sin tratar de enmascarar en lo más mínimo su talante reaccionario, su vocación de hombre de derecha, su impertinencia y su grosería, aunque esta última la pretenda barnizar con el supuesto refinamiento de aficionado a la música académica. La vulgaridad de su manera de abordar la política choca en un país de modales hipócritas y falsas cortesías, un país en la que la política se desarrolla como un baile de máscaras permanente.
Sin embargo, Lozano solo se diferencia de la mayoría de los políticos mexicanos en su expresión descarada, pero no en el fondo, pues si algo ha caracterizado al quehacer político en este país a lo largo de su historia es que ha estado dominado por pandillas de rufianes, aunque por ahí y por allá se encuentren algunas personas decentes que han logrado controlar su reflejo de vómito y han podido bregar sin batirse en el estercolero de corrupción que históricamente ha sido la vida pública nacional.
Sin pelos en la lengua, Lozano ha declarado, orondo, que si le reducen el sueldo se va a dedicar a robar, como si su salario como legislador fuera el pago que la sociedad mexicana le tuviera que hacer al extorsionador para que no la deprede más. Así, el senador Lozano se muestra como un claro ejemplo de un bandido que ha optado por la política como una forma de prolongar su bandidaje, como la manera para extraer rentas de la sociedad sobre la cual ejerce su dominio. Con sus dichos, el conspicuo calderonista no hace otra cosa que mostrar sin ropajes ni oropeles lo que en su origen define a la política, pues de acuerdo con la metáfora criminal sobre el nacimiento del Estado planteada hace dos décadas por Mancur Olson, el poder en su cuna no fue otra cosa que la institucionalización del robo de largo plazo por parte de grupos que justificaban su existencia en darle a la sociedad protección frente a otros ladrones más devastadores.
La metáfora de Olson equipara el origen del Estado al establecimiento de una banda de bandidos que se estaciona sobre una sociedad de productores de alimentos y exige que la mantengan a cambio de protegerla de los ataques de otras bandas de bandidos. En la medida en la que se extiende temporalmente el dominio, a los bandidos les interesa que la comunidad a la que roban prospere, porque así aumenta la cantidad de recursos de los que se pueden apropiar, pero si su horizonte temporal de robo se reduce, entonces se trataran de apropiar de una mayor proporción de la renta pública con lo que acabarán por matar a la gallina de los huevos de oro. Toda similitud con los dichos de Peña Nieto –cuyo descaro no es producto del cinismo abusivo, como el de Lozano, sino de la simpleza– con la realidad no es mera coincidencia.
En efecto, los Estados naturales son maquinarias extractoras de rentas en provecho de coaliciones estrechas de intereses que utilizan la ventaja comparativa en la violencia para vender protecciones particulares y privilegios a los productores de riqueza y a sus clientelas. La tasa de renta de la que se apropian estos cuerpos depredadores depende del horizonte temporal de sus agentes: cuando es de largo plazo suelen apostar más al crecimiento, mientras que cuando sus perspectivas de control de rentas son de corta duración, entonces intentarán llevarse lo más posible, a costa de la prosperidad general de la comunidad. De cualquier manera, las consecuencias distributivas y las perspectivas de desarrollo de este tipo de Estados son ineficientes y su capacidad de propiciar la generación de riqueza es limitada.
La mayor parte de los Estados que han existido a lo largo de la historia pertenecen a esta categoría. Sólo en los últimos dos siglos y medio se ha ido abriendo paso otro tipo de orden social, de acceso abierto, que tiende a generar condiciones para el crecimiento económico sostenido y con consecuencias distributivas menos abusivas. Y aunque México ha alcanzado la etapa madura de los Estados naturales, en la que se desarrollan los elementos que pueden dar paso a la transformación hacia un orden social de acceso abierto, el Estado mexicano sigue siendo esencialmente una maquinaria de extracción de rentas a cambio de protecciones particulares y privilegios, en la que la política se hace para el medro personal.
La tragedia mexicana es que, precisamente como resultado de la existencia de esta maquinaria depredadora controlada por una coalición estrecha de intereses, la política es casi la única vía de ascenso social que existe en el país. Como el acceso a la organización económica está fuertemente restringido, el emprendimiento productivo o mercantil no es un mecanismo al alcance de todos para prosperar, pues solo aquellos que son hijos de empresarios ya prósperos tienen posibilidades de dedicarse a los negocios privados. Así, solo la política es percibida como una actividad útil para ascender en la escala social y mejorar de situación económica. Solo desde la política se puede llegar a los altos puestos de la administración, pues la burocracia no es más que un espacio de reparto de parcelas de rentas entre las clientelas y las redes de lealtad de los políticos.
Las marañas regulatorias para hacer negocios, las barreras proteccionistas para formar partidos, las restricciones legales para formar sindicatos no son otra cosa que mecanismos que sirven para que los políticos vendad protecciones y privilegios, para garantizar la disciplina de sus clientelas o para impedir la organización social que pudiere restarles poder. Esa es la forma primitiva en la que opera lo público en este país.
El efecto en el sistema de incentivos sociales de esta forma de orden ha sido devastador. Como para ingresar al servicio público lo que se necesita es pertenecer a una red de lealtad, nada importa la buena formación ni el desarrollo de capacidades técnicas o profesionales. Como el entorno es incierto y no hay garantías jurídicas sólidas, en la empresa privada también se opta por el reclutamiento entre los parientes y los amigos, para reducir la incertidumbre a partir de las lealtades personales. Los políticos encumbrados garantizan la lealtad de sus clientelas con su discrecionalidad para dar y quitar empleo y aseguran sus fuentes de rentas con su capacidad discrecional para negociar la desobediencia de un sistema jurídico abigarrado, propicio para la extorsión.
Si por algún lado debe empezar la reforma de este contrahecho Estado es por quitarle a los políticos la capacidad de disponer arbitrariamente del empleo público para repartirlo entre clientes y validos. Mientras cada funcionario le deba el puesto al jefe político y este pueda despedirlo discrecionalmente, cada burócrata será un cómplice de la depredación, pues no tendrá ningún incentivo para contener el latrocinio.
Si de los que se trata es de construir un Estado moderno, no depredador, se debe empezar por construir servicios públicos profesionales, desde el barrendero o el policía de la esquina, a los que se ingrese por méritos y se avance y permanezca de acuerdo con el desempeño, no gracias a lealtad y disciplina lacayunas a cambio del derecho a utilizar la pequeña parcela de poder concedida para el beneficio personal. Sin discrecionalidad para repartir empleos y favores y sin prebendas jugosas como la que defiende Lozano, tal vez la política se pueda convertir en una actividad para la gente decente, con ganas de servir a la comunidad en lugar de robarla.
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