lunes, 24 de septiembre del 2018
 
Por Catón
Columna: De política y cosas peores
Lo que importan son los votos
2017-12-20 | 08:11:37
Afrodisio Pitongo, hombre proclive a la concupiscencia de la carne, le hizo una proposición indecorosa a Dulciflor. Ella se indignó sobremanera. Profirió airada: “¡No soy una prostituta!”. Acotó, cachazudo, el tal Pitongo: “Nadie habló de pago”...

Libidiano, otro tipo igualmente dado a cosas de la cachondez, estaba por casarse con una linda chica. Le preguntó un amigo: “¿Dónde vas a pasar tu luna de miel?”. Respondió el salaz sujeto: “En Camagüey”. Volvió a inquirir el otro: “¿En Camagüey, Cuba?”. “No -precisó Libidiano-. En cama, güey”...

Todos tenemos un sosias, es decir un doble. En algún lugar del mundo hay alguien tan parecido a ti que podría ser confundido contigo. (La suegra de Capronio le contó: “En el súper alguien me confundió con una artista de cine”. “¿Con Lassie, suegrita?” -preguntó fingiendo inocencia el ruin sujeto).

Había un señor que se asemejaba grandemente al buen Papa Francisco. Era su vivo retrato. Y decía con pesaroso acento aquel señor: “Ésa es la cruz que cargo”. “¿Por qué? -se extrañó alguien-. Debería enorgullecerte el parecido”. “Sí -replicó él-. Pero cuando estoy en el baño del restorán el tipo que está a mi lado me ve, y volviéndose hacia mí exclama sorprendido: ‘¡El Papa!’. ¡Y siempre traigo un lado del pantalón todo mojado!”...

Dos pericos escapados de su jaula salieron a la calle. Pasaron frente a una rosticería y vieron a los pollos que daban vueltas y vueltas en el rosticero. “¡Por fin! -se puso feliz uno de los loros-. ¡Siempre había querido conocer un table dance!”...

En la ceremonia nupcial el padre Arsilio le preguntó a la novia: “¿Prometes amar a tu esposo, respetarlo, serle fiel y estar con él en la salud y en la enfermedad hasta que la muerte los separe?”. Dijo la desposada: “Son demasiadas promesas. Que escoja una”...

Himenia Camafría y Solicia Sinpitier, madura señoritas solteras, vieron a un apuesto joven que en la esquina esperaba el autobús. Le dijo Himenia por lo bajo a su amiguita: “¡Qué gran silueta tiene!”. “No es la silueta -respondió Solicia con voz igualmente queda-. Es el llavero que trae en el bolsillo del pantalón”...

Un individuo le dijo en la tienda a la guapa dependienta: “Quiero regalarle unos guantes a mi novia”. Inquirió la muchacha: “¿Conoce la medida?”. Contestó el cliente: “No”. “Ponga su mano en mi mano -le pidió la chica-, y dígame si más o menos es de este tamaño”. Respondió el tipo que ésa era la medida, y añadió en seguida: “También quiero regalarle un brassiére”...

Llegaban cuando la gente menos lo esperaba. Eran unos grandes sobres blancos con una orla de luto. Entregadas en propia mano por un mensajero se recibían con inquietud, pues anunciaban la muerte de alguien conocido. Aquellos pliegos funerarios se llamaban “esquelas”. (Una señora de origen extranjero que no hablaba bien el español hizo sin querer una greguería cuando llamó a esas esquelas “esqueletas”).

Pues bien: habrá que repartir la esquela anunciadora de la muerte de las ideologías. Ya no hay izquierdas ni derechas, ni centros hay tampoco. Ningún partido representa ya ninguna idea.

Lo único que importa ahora son los votos. Siempre han importado, desde luego, pero antes no se llevaban al matadero los principios para conseguirlos.

De ahí las turbias alianzas que estamos viendo en estos turbios tiempos. De ahí que el PAN y el PRD vayan ahora de la mano, cuando apenas ayer andaban a las manos.

De ahí esa abracadabrante alianza de los evangélicos con López Obrador, unidos en matrimonio morganático ante los azorados ojos de las fidelísimas feligresas de AMLO. Lo dicho: han muerto las ideologías. En PES descansen. Y en PRI, y en PAN, y en PRD, y en. FIN.







mirador

armando fuentes aguirre


¿Recuerdas, Terry, cuando nadaste por primera vez?

Eras un cachorro todavía; apenas sabías caminar. Y sin embargo cuando pasamos junto al estanque te lanzaste sin vacilar al agua. Me asusté. ¡Eras tan pequeño! Pero nadaste airosamente, jubiloso, y al nadar volvías hacia mí la cabecilla como diciéndome: “Qué tal ¿eh?”.

No debí sorprenderme. Eras un cocker. Los entendidos te llaman “perro de aguas”. En las cacerías eras el encargado de recobrar los patos que caían en la laguna abatidos por los disparos de los cazadores. Fue tu instinto; fue un atávico impulso el que te hizo arrojarte a las aguas del estanque.

Yo no era cazador, Terry, y quizás te extrañaba no verme rifle en mano. Así miraste quizás a quienes fueron tus dueños en pasadas vida. No sé. Soy incapaz de descifrar los círculos de la vida y de la muerte. También yo tengo instintos, ¿sabes?, que van por el río de mi sangre, antiguos llamamientos que me llevan a veces hacia el mal.

No digo eso, Terry, por culpar al instinto de lo que hago. Lo digo porque hubiera querido tener tu inocencia de criatura del Señor. Entonces habría hecho sólo cosas buenas, y te habría dicho: “Qué tal ¿eh?”.

¡Hasta mañana!...



manganitas

por afa


“...Aguinaldos...”.

Pasada la Navidad,

y después del Año Nuevo,

nos diremos: “¿Cuánto debo?”,

y vuelta a la realidad.
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