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La economía política del desastre
 
 
Por Marco A. Medina
2017-10-17 09:50:30
Columna: La escena veracruzana
 
Después de la Segunda Guerra Mundial las economías capitalistas crecieron enormidades. La destrucción de puertos, puentes, caminos, edificios públicos y viviendas, de aeropuertos, fábricas y campos de cultivo, esto es, la pérdida del capital histórico que se acumuló por décadas en la vieja Europa y en Japón, creó un campo de inversiones nunca antes visto, principalmente porque involucraba a todas las economías desarrolladas, incluyendo a la de Estados Unidos, que aunque no sufrió pérdidas en su territorio sí lo hizo con miles de trabajadores muertos y lisiados y armamento de todo tipo que involucró en la contienda.

La destrucción de capital es uno de los cimientos de los periodos de auge del sistema capitalista. Y esa destrucción también se da como consecuencia de desastres naturales.

Guardando la proporción debida, los terremotos de 1985 y los últimos de septiembre de este año, además de significar una pérdida muy grave de vidas humanas, representan una destrucción muy importante de capital.

Según cálculos de algunas agencias calificadoras, las pérdidas de las aseguradoras internacionales por el terremoto del 7 de septiembre oscilan en alrededor de mil millones de dólares (mdd), en tanto que las derivadas del 19 de septiembre pueden llegar a 5 mil mdd.

Esto refleja sólo el nivel de pérdidas por las edificaciones o infraestructura que estaban asegurados, no las pérdidas totales. Se calcula entre 8 y 12 mil millones lo que se necesita tan solo para reparar los inmuebles históricos que resultaron dañados por los sismos, según el INAH.

Otro tanto se necesitará para reparar escuelas y edificios públicos dañados. Las zonas habitacionales de Chiapas, Morelos y Oaxaca, que no estaban en el circuito del capital, ahora se propone que ingresen a través del crédito bancario a la dinámica capitalista.

Los efectos de los sismos en la marcha económica del país no serán tan fuertes como en 1985, cuando fue más generalizada la afectación. Se calcula que sólo habrá un retraimiento de la actividad económica de 0.2% del PIB en este año, en tanto que en 1985 fue de 2%.

Pero otro sacudimiento nos espera, producto de nuestra histórica dependencia de los Estados Unidos, si se llegara a cancelar el TLCAN. México podría salir adelante sin ese tratado comercial, pero por lo pronto la sacudida será fuerte y no contamos con buenos timoneles a bordo para llevar a nuestro país a buen puerto.

La esperanza Peña Nieto y el presidenciable Meade, para ambos fenómenos, está en la reconstrucción, en la renovación del capital destruido por la contingencia telúrica y en los negocios que se pueden elevar a la quinta potencia con sus amistades de la construcción, que son los que han venido sacando raja del presupuesto público y en donde se ha basado una parte del crecimiento del consumo interno, del que tanto presumen.

No piensan en poner al país de pie a través de inversiones diversificadas que impulsen la industria petroquímica, la red ferroviaria, la producción eléctrica, el desarrollo de la agroindustria, la ciencia y la tecnología.

El esquema es el primario, el de impulsar la industria de la construcción, que si bien es necesario por la emergencia que se vive en buena parte del país, es el plan tercermundista que se hace con los amigos, con las amistades del gobernante en turno, convirtiendo la reconstrucción en un pingüe negocio como en Haití.

Con los terremotos el gobierno de Peña Nieto encontró una buena salida sexenal para darle un pequeño impulso a la actividad económica, pero sobre todo para culminar la serie de atracos al patrimonio y al presupuesto del país que hemos vivido en los últimos tiempos.

Lo dicho, necesitamos un cambio verdadero.


marco.a.medinaperez@gmail.com
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